martes, 5 de diciembre de 2017

Escrito por Luis Roca Jusmet

 Si como dice Jean Allouch, el psicoanálisis no es psicología ( descubrimiento del supuesto yo a través de la introspección)) ni psiquiatría ( dispositivo de normalización). Si no es ni poder pastoral ni tampoco poder disciplinario, entonces ¿ que és ?  De entrada no puede ser una manera de obedecer al Otro. El Otro ha de caer, peor también el Ideal, que siempre viene de él. Lo único que puede ser entonces es un ejercicio espiritual a través del cual el sujeto se construye a sí mismo. Eso sí, movido por el deseo. Es decir que el sujeto solo puede construirse a partir del deseo inconsciente. Lo cual no quiere decir descubrirlo, sino como he dicho construirlo.
 Dentro de la compleja elaboración de la teoría lacaniana es fundamental aclarar, en la medida de lo posible, la noción de deseo. Lo es porque es a partir de aquí que podemos entender no solo lo que define el trabajo del análisis sino la propia ética lacaniana. Intentar definirlo es, ciertamente fallido, porque su misma concepción es un trabajo abierto y en permanente revisión por parte del propio Lacan. Pero lo fallido es a veces necesario e inevitable. En todo caso es mi lectura, personal por un lado e insuficiente por otro. La que inspira este artículo.
 El hilo conductor del planteamiento me parece claro: el deseo es el resto de la satisfacción. Es decir la diferencia entre lo que pides y lo que encuentras. La demanda es siempre una demanda de amor, de un signo de la presencia del Otro. Es resultado de una doble influencia. Por una parte de nuestro desamparo inicial y por otro de nuestra naturaleza simbólica. El hombre es un animal inacabado. Nacemos prematuros, con una dependencia del  Otro larga y absoluta para la supervivencia individual. Por otro solo podemos sobrevivir como especie si suplimos nuestras carencias biológicas con un complemento artificial, que es lo que Lacan llama el orden simbólico, es decir el lenguaje y la ley.
 La cría humana vive en el autoerotismo. Pero no porque sea una mónada separada del mundo sino todo lo contrario porque es mundo sin un yo diferenciado. Necesita al Otro (la Madre, el Otro primordial) para sobrevivir pero su presencia le proporciona un placer que va más allá del que de la satisfacción de la necesidad. La demanda a este Otro es absoluta y la satisfacción que nos proporciona se convierte en algo mítico. La identidad de la percepción, como le llama Freud, es la búsqueda de repetir esta experiencia de satisfacción total imposible. El principio de realidad funciona como el intento de recuperar esta experiencia, con lo cual la realización del deseo es un imposible.  Hay un proceso que desplaza lo incondicional de la demanda hacia la condición absoluta del deseo. La cría humana se constituye en sujeto a través del narcisismo primario ( imaginario, con la identificación con su propio cuerpo en el espejo : el yo ideal) y secundario ( con el Ideal del Otro simbólico). Rompe con el Otro primordial, es decir con la Madre y con ella pierde el objeto del deseo ( la satisfacción mítica del incesto) pero también el objeto de la pulsión parcial (el pecho) y del amor ( la demanda incondicional del signo de la presencia del Otro). Esta seria una primera aproximación, la de deseo como resto de la demanda una vez satisfecha la necesidad. El deseo es indestructible porque siempre hay este resto. El deseo es, por tanto, siempre deseo de otra cosa, nunca se acaba el deseo porque lo haría si la satisfacción que me da la cosa fuera absoluta. Y no puede serlo.
 El segundo aspecto es el que define el deseo como deseo del Otro. ¿Qué quiere decir deseo del Otro?  El deseo del Otro no es el deseo del reconocimiento del Otro. Aunque hay una influencia del Hegel leído por Kojève en Lacan, éste aabará superando la concepción hegeliana del deseo como deseo de reconocimiento. No es esto el deseo del Otro. Sería más bien un del otro como deseante. Esto quiero decir que lo que quiero no es amor, no es por tanto una demanda al Otro, como plantearía el Hegel de Kojève. Tampoco es, por supuesto, ser el objeto del goce del Otro, absolutamente mortífero para mí. El Otro simbólico ( del lenguaje y la ley) es como la mediación a través de la cual me constituyo como deseante.
 El tercer aspecto es el objeto a como objeto-causa del deseo. El ser humano se constituye en sujeto cuando se incorpora al orden simbólico. Es decir al orden del lenguaje y de la ley que le reprime el significante del deseo del Otro primordial, es decir la Madre, y lo constituye por tanto como sujeto divido. Sujeto dividido entre el inconsciente y el consciente, entre el Ello y el yo. El Ello, el inconsciente, también es producto del paso al orden simbólico y está, por tanto, estructurado como un lenguaje. No es el inconsciente mudo de Freud. Tenemos el sujeto del enunciado, que es el del inconsciente, y el de la enunciación, y el del enunciado, que es el yo. El sujeto del deseo es el del inconsciente. El deseo no se puede interpretar. En esta pérdida del objeto mítico del deseo queda un resto, que es lo que Lacan llama el objeto a. Deseo porque alguien, el Otro, me deseó. Este deseo del otro es el soporte de mi deseo y lo que queda es este objeto a, que es lo que me permite desear. Solo me puedo sostenerme como deseante a partir de este lugar que tuve como objeto del deseo del Otro. Pero es a partir de aquí que debo construirme de una manera singular y en este sentido el análisis me permite hacerlo atravesando el propio fantasma, la fantasía fundamental en la que estamos situados como objeto del Otro. Solamente entonces nos hacemos cargo de nuestro deseo y podemos responsabilizarnos como sujetos autónomos.


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